
Por M Palma
La Otan celebra su sexagésimo aniversario y la reinclusión francesa a su comando militar en medio de un clima de redefinición de los términos políticos de la relación transatlántica. La descentralización se abre así como un escenario posible para el desarrollo futuro de un “partenariado” entre esta organización y la Unión europea.
“Mantener a los estadounidenses dentro, a los soviéticos fuera y a los alemanes bajo control”. Así definía el primer Secretario general de la Otan, el Barón Ismay, los propósitos de la alianza transatlántica. Hoy en el marco de su sexagésimo aniversario, esta afirmación americano-céntrica, parece perder peso. El anunciado reintegro francés al comando militar de esta organización ha traído a colación una vez más el tema de su vinculación efectiva con la Política europea de seguridad y defensa (Pesd). Pero esta vez no se encuadran en esta relación mecanismos de control político impuestos por Estados Unidos, como se evidenció durante la década de los noventa, sino un amplio espectro de posibilidades que se abre para la Unión europea en torno al desarrollo efectivo de un mecanismo de seguridad común a todos sus miembros. La reunión de Estrasburgo-Kehl se puede convertir en el inicio de una Otan descentralizada al servicio de Europa.
Si bien el pacto trasatlántico perdió su raison d’être política con el fin del Imperio soviético, sus actuaciones en los Balcanes durante los años noventa le comenzarían a reintegrar algo de la legitimidad perdida. Incipientes labores de apoyo a la Onu, como en Bosnia-Herzegovina y controversiales intervenciones, como en Kosovo, comenzarían a redefinir las responsabilidades y el alcance de la organización. El humanitarismo y el surgimiento de nuevas amenazas a la estabilidad internacional fueron mecanismos que le devolvieron algo de vida a la Otan. Sin embargo, el rol de Estados Unidos, como regente, líder y en últimas, mayor beneficiario en términos políticos de estas primeras intervenciones fue indudable. Los Estados europeos involucrados tuvieron también sus propias pretensiones, que no obstante, demostrarían la persecución de intereses netamente individuales. Se alejaban aún de la noción de Pesd, enmarcada desde el Tratado de Maastricht como una meta común por construir.
Pese a esto, en esta década se comenzaría a evidenciar la inclusión de nuevos elementos dentro de esta política europea, que aunque inconclusa en su desarrollo, no estaba en paro. Al contrario, haciendo cada vez más efectivos mecanismos de regularización e intervención en el contexto internacional, las misiones europeas se popularizarían. Darfur, el mismo Kosovo, Aceh en Indonesia y más recientemente Chad, serían regiones receptoras de cuerpos de paz bajo la bandera de la Unión europea. Afganistán, por otra parte, no sería sino la excepción a la regla. La popularización del terrorismo internacional como amenaza común se convertiría en un nuevo punto de inflexión para la Otan, la cual se haría presente desde la primera hora en Asia central. Sin embargo, el desarrollo paralelo tanto de la Pesd como de la alianza transatlántica en el transcurso de los últimos años, comenzaría a delinear una nueva dinámica de eventos. Por una parte, la Unión europea se encontraba en capacidad de desarrollar por primera vez acciones que involucrasen componentes de interacción y reciprocidad militar entre sus miembros. Por otra, la tradicional dependencia europea hacia su socio norteamericano, materializada en la Otan, comenzaba a desdibujarse lentamente.
Hoy esta idea ha comenzado a plasmarse en el espectro institucional a través de las manifestaciones efectivas de algunos líderes políticos europeos –entre ellos los franceses Sarkozy y Kouchner, así como la alemana Merkel- que buscan sustentar y poner en práctica a partir de la cumbre a celebrarse en la frontera franco-alemana, una nueva interacción entre la Otan y la Pesd europea. Anteriormente, los pocos intereses compartidos entre los Estados europeos hacían que en torno al desarrollo de la Pesd, ellos mismos buscasen utilizar los mecanismos que la Otan de forma individual ponía a su disposición. Hoy, la alianza transatlántica extendida en responsabilidades y alcance geográfico, pero limitada por la ausencia de una razón de ser evidente que encarne el poder de acción individual que alguna vez tuvo, debe buscar como incluirse en los lineamientos de instituciones como la Onu y, por qué no, la Unión europea. Por supuesto, de allí surge entonces un nuevo cuestionamiento sobre la centralización desicional que durante sesenta años ha recaído sobre Estados Unidos, y que finalmente, no ha sido sino el resultado de la búsqueda de sus intereses en el contexto internacional.
Actualmente, la Otan no deja de ser un mecanismo de ejecución de las motivaciones geopolíticas estadounidenses. Sin embargo, no son los Estados Unidos los únicos que se pueden beneficiar de manera amplia de las bondades de las que aún dispone la alianza. Los todavía escasamente compartidos intereses en seguridad y defensa entre los miembros de la Unión europea, a través de la descentralización temática de las prioridades de la Otan, pueden verse también ejecutados. Elementos como el know how militar estadounidense, amparado bajo la figura de la Otan, se pueden complementar con las dinámicas de low politics europeas, extendiendo así la funcionalidad de la alianza, a la vez que se incluye dentro de la Pesd. Una intervención en pro del mantenimiento de la seguridad en el vecindario europeo, como una situación tangencial en el Mediterráneo, Siria, Líbano, el Cáucaso, o la misma Rusia, se puede ver ejecutada y exponencialmente complementada a través de la acción europea y transatlántica. Es decir, se constituiría la apertura hacia una relación gana-gana, donde la Otan se establecería como el mecanismo de acción y la Pesd como uno de los sustentos fundamentales de la misma.
A decir verdad, la Otan es una de esas instituciones herederas de la carga ideológica y política de la primera hora de la Guerra fría. Ha debido atravesar diferentes situaciones de choque, entre la legitimidad de su actual existencia y la redefinición de sus responsabilidades y objetivos. Pese a esto, la descentralización temática, propuesta por los defensores de la Pesd puede convertirse en un mecanismo de supervivencia y legitimación más que efectivo. Además, es innegable que los actores involucrados en esta interacción podrían obtener diferentes ganancias políticas que no se reducen únicamente al espectro material sino institucional. La relación entre Pesd y Otan, descentralizada y delimitada en términos de igualdad, puede conducir a que a través de aparentes concesiones políticas de los estadounidenses a los europeos, éstos estén en capacidad finalmente de tomar las riendas de su seguridad.