Uno de nuestros más graves problemas como nación es la carencia y falta de apropiación de identidad cultural
Por: Farid Badrán Robayo
El asado dominical del vecino en el potrero cercano es un cuadro bastante común en los fines de semana capitalinos en Colombia. Al no tener mar, Bogotá se conforma con aprovechar los esquivos días soleados haciendo asados familiares cuyo acompañamiento musical es invariablemente la Ranchera, la carrilera, la tecnocumbia y en el mejor de los casos el valleharto, perdón, vallenato.
Vuelan por los aires trozos de carne, mezclados con la cerveza ineluctable y detrás como un infame telón el ♪aaaaayyyyyy ayyyyy amooooor♪ ♪aaaayyyyyy que doloooor♪ que incita a todos los campestres comensales a cantar a pulmón descosido al son de lo que dicta la música mexicana.
El lunes, y con la resaca quienes no van a trabajar porque no tienen empleo o porque no pueden levantarse, o simplemente porque no quieren; prenden el televisor. El primer pantallazo: RCN emitiendo alguna de su parrilla de novelas mexicanas o peor aún colombo – mexicanas de temas trillados, actuaciones infaustas y lugares comunes donde “Luis José Carmenteras” el niño rico se enamora de “Maria Francisca de lo Ángeles”, la humilde campesina que termina siendo la heredera de la fortuna de los “Carmenteras Tres Palacios”. Todo ello englobado en títulos como “La potranca indomable” “Remolino de pasiones” “La impostora” etc etc.
Si cambiamos a Caracol la variación no existe y peor aún porque en Caracol lo que desafortunadamente sí existe (o existía no lo sé) es “Padres e Hijos” con su infinitesimal e ininteligible trama de estupideces que intentan resumir en una reflexión barata, y en el cual la protagonista se ha casado alrededor de 9 veces en la serie y no ha podido hacer más nada fuera de ella.
Hasta CityTV se dejó contaminar por el aciago cáncer de las telenovelas mexicanas. O sino que lo digan Dana Garcia, Amparo Grisales y Manolo Cardona quienes inclusive deben desdeñar su acento colombiano (que es el no acento) y zambullirse de cabeza en el marasmo de terminologías como: “Orale” “Pinche cabrón” “Vete en Chinga”, “No mames guey” “Esa tipa esta hecha un cuero” “La pasamos cañón” “Vamos al antro” y demás latigazos infectados que tienen al español de los mexicanos lleno de cicatrices incurables y purulentas.
En fin, ese es mas o menos el paradigma con el que los canales privados en Colombia repletan la cabeza de sus televidentes. Creo inclusive que a esos canales les saldría más barato fundir sus logotipos con el de Televisa y ahorrarse así tonterías sin sentido si a la postre todo es la misma m… cosa.
Pero aquí no termina la vaina. Quienes como asalariados tenemos la oportunidad de pagar televisión por cable, no estamos tan lejos del dogma mexicano novelesco que preconizan con encarnizada furia RCN y Caracol en Colombia. Una tarde estaba con mis sobrinas pequeñas de 5 y 7 años quienes como cualquier niño y como Pachito Santos ven Discovery Kids. Cuál no es mi sorpresa cuando veo que muchos de los programas en español producidos para niños en este canal los hacen en México. Y los que no, de todos modos son doblados al español por Palmera Records, casa de traducción y doblaje mexicano que tantas veces me ha echado a perder las mejores películas con su doblaje inexacto y de acento marcado.
Cuál es el efecto de todo esto? Sencillo, mis sobrinas hablan como si se estuvieran criando en Aguas Calientes, Chilpancingo de los Bravos, Cuernavaca, Ciudad Juárez, Tapachula, Monterrey, o el mismo DF mexicano y no en Bogotá.
Como colombianos estamos apropiándonos de una manera acelerada e inconsciente de patrones socio culturales ajenos. México y su cultura (por cierto bien definida y definible) fue el objetivo magnético al que se pegaron grandes porciones de la población colombiana.
Y resulta además que el problema no es de ellos sino nuestro. La feraz transculturación de la que somos depositarios estriba en nuestra propia debilidad cultural e idenditaria. Y le va la madre al que me diga que la identidad colombiana es la que enseña en el mundo Giovanni Hidalgo, Fonseca, Mauricio y Palo de Agua, Peter (que no Piter) Manjares, Jorge Celedón y la infame caterva de vallenateros que los imitan; ni muchísimo menos la “Loba” de Shakira quien se puso solita el adjetivo que más de uno tenía en la cabeza para ella.
La cultura y la identidad colombiana tampoco es lo que buenamente hace Proexport poniendo a un hippie extranjero a hablar bien de Colombia, o a Salvo Basile caminando descalzo por alguna de nuestras playas para concluir que Colombia es pasión y poder así atraer el turismo de extranjeros al país.
La cultura en general es algo bastante más trascendente y menos comercial y barato. Es la vocación de una raza perpetuando sus costumbres centenarias de vida. ¿Amalgamadas por los avances en todo sentido? Sí claro que sí, pero identificable, propia, definida en el tiempo y el espacio tal como lo son por ejemplo la cultura árabe, la griega, la eslava, la celta y sí…la mexicana.
La cultura es el compendio de riquezas de tradición oral y material manifiestas en un grupo poblacional encargado de perpetuarlas y mostrarlas al mundo en su simple esencia.
En Colombia eso se ha perdido mucho. Las negritudes colombianas del Pacífico tienen un fastuoso repertorio de muestras culturales. Culinaria, danza, música única, tradición oral, son solo algunas de sus riquiezas como raza y pueblo en el país. Las comunidades indígenas por su parte son hoy todo menos el ejemplo vivo de otro trozo grande la cultura en Colombia. Indígenas del sur del país ubicados en Vaupés, Amazonas, y Guainía no pasan de ser víctimas del conflicto interno que José Obdulio Gaviria desmintió dando golpes sobre la mesita de su despacho creyendo que con eso terminaría el ostracismo y las pésimas condiciones de seguridad y respeto étnico de la que son sujeto culturas como la Carijona, Nukak, Ticuna, Andoke, Embera y las más de 80 que existen en el país.
Las poblaciones del norte (negritudes costeñas, arahuacos etc) son las pocas que han tenido la oportunidad de mostrar un poco más sus rasgos culturales por cuanto se encuentran cerca de las zonas costeras. Obligado sitio de turisteo de los mismos que ayer se sentaron en el potrero capitalino a comer carne al son del “chente”. Y si aún se lo preguntan, sí, se fueron oyendo la misma música durante las 18 horas de viaje promedio hasta la costa por carretera. Sintiéndose una suerte de mexicombianos que imbuidos en el jolgorio de pertenecer a un lugar y una cultura ajena se convierten en verdaderos turistas. No solamente en rolos viajando a la costa en la dulce compañía de la ranchera, sino en verdaderos extraños en un país que al verlos ya no los reconoce como los portadores de una hermosa cultura y tradición, sin embargo olvidada y cada vez más sofocada y perdida entre pantalones de charro, sombreros ridículos novelas estúpidas y gente sin amor por lo que alguna vez fue verdaderamente. Un colombiano.

