
Ante la posesión de la presidencia de Obama, Colombia en su proverbial actitud “servicial” celebra la investidura de quien difícilmente mirará a quienes le aplauden desde lejos.
Por: Farid Badrán Robayo. 22/01/ 09
En la feria mediática que se generó alrededor de varias partes del mundo a guisa del juramento y posesión del nuevo y flamante presidente de Estados Unidos, Colombia dio – como no – su aporte noticioso, que además del cubrimiento de ley, desgranó un numero ostensible de pequeñas notas que más que curiosas, se me antojan preocupantes.
Fue así como me llegó la noticia de que en Turbaco – Bolivar y en Puerto Tejada – Cauca celebraron como una fecha cívica, y con las pompas carnavalescas de procesiones pintorescas el evento que se desarrollaba a más de 6.000 kilómetros de distancia. Del mismo modo en el Valle del Cauca ha nacido un niño que en su indefensión no pudo objetar el nombre que le han puesto: Barack Obama Sandoval Fajardo.
Todo ello me sumió en un estado de perplejidad en el que no se sabe sí los equivocados son ellos que lo celebran o nosotros que lo asumimos con normal estoicismo. Tal vez lo único cierto es que el Presidente Obama muy seguramente ignora que en el mundo existe un lugar que se llame Turbaco. Pero ello parece no desanimar a sus neofeligreses quienes deslumbrados por el carisma y la energía de renovación que proyecta, le siguen como al flautista morocho de Hamelin.
Pero al margen de esto se esconde una reflexión sociopolítica nada desdeñable. Finalmente puede que las humildes almas de Turbaco no estén tan equivocadas al celebrar la posesión del presidente si se tiene en cuenta que los hilos de la política nacional están seriamente intervenidos por las directrices que se adoptan en EE.UU.
Tal vez una pseudo conciencia colectiva y soterrada de que nunca hemos dejado de ser realmente un atado de fanegadas pertenecientes a Estados Unidos nos obliga como fuerza invisible a aplaudir desde el satélite lo que se ejecuta allá.
O tal vez la cosa es más sencilla y se reduce al proverbial servilismo prosaico del que adolecemos los colombianos en la triste perpetuación de un aldeanismo que todavía nos arroba y nos empuja a animar en turbas de efervecente adulación a quienes nos deslumbren con su retórica foránea y trasnochada de tiempos de cambio, cuando lo cierto es que el cambio inicia en el momento en que detengamos esta irrefrenable manía de exacerbar en aguardientosos “vivas” lo que esperamos que hagan por nosotros.
Si al pueblo nunca le ha tocado realmente el turno es porque así se lo ha ganado, y los que otrora fueran campesinos cándidos en la sociedad colombiana somos hoy fieles borregos encorbatados y alelados con la anestesia de las beldades faranduleras y las pompas presidenciales de los dirigentes que escasamente saben que Colombia existe.
Turbaco, Perto Tejada y sus símiles son la materialización y la certidumbre de la estulticia y la embriaguez que limita toda conciencia política….o bien puede ser la confirmación tácita de nuestra real posición sociopolítica frente al Tío Sam. Tristemente Colombia no conoce aún hartazgo suficiente en las lidies de prosternarse ante quien hable un idioma diferente.
